Los niños perdidos, de Valeria Luiselli

Hace unas semanas un taxista metiche me preguntó a qué me dedicaba. Declararle que a la literatura sólo fue el inicio de su interrogatorio: que qué era eso y, tras una respuesta inevitablemente poco satisfactoria, que para qué servía. Entre mis balbuceos se reveló, al menos, una de esas iluminaciones sólo posibles en el interior de un taxi: en ese momento reconocí que ésas son las preguntas que importan.
¿Para qué sirve la literatura? A fin de cuentas, la literatura debe servir para algo más que pagar facturas y mendigar talleres creativos y colaboraciones, para algo más que convencerse de que tu anécdota en el taxi, tus acontecimientos y reflexiones más anodinas deben interesarle a alguien, ahora que los escritores de nombres más o menos noruegos y sus literaturas del yo están tan de moda. Para los aburridos ante el incontenible narcisismo de los Knausgård de turno y los epígonos del último Levrero, sus incesantes actualizaciones en redes sociales o sus artículos dedicados a conjugar el yo-mí-me-conmigo, Los niños perdidos, ensayo-crónica sobre los menores atrapados en el sistema migratorio estadounidense, brilla con una luz especial.

Sigue leyendo en Revista de la Universidad (Nov 2018)

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Einstein, llegas tarde: relatividad y literatura

1. Retombée

En las “Intenciones del autor” que preceden a La montaña mágica, Thomas Mann, tras más de una década a vueltas con ella y bajo el peso de sus mil páginas, muestra una llamativa preocupación por el tiempo que le tomará contarla a un hipotético “narrador”: “el narrador no podrá terminar la historia de Hans Castorp en un abrir y cerrar de ojos. Los siete días de una semana no serán suficientes, y tampoco le bastarán siete meses. Lo mejor será que no se pregunte de antemano cuánto tiempo transcurrirá sobre la Tierra mientras la historia le mantiene aprisionado en su red. ¡Dios mío, tal vez sean incluso más de siete años!”, apostilla con teatralidad mientras sugiere, aún de modo sutil, las diversas temporalidades que se reunirán en su novela. ¿Se refiere Mann al calendario romano o a otras dimensiones temporales en las afueras de la Tierra y la historia? Las dudas se sucederán a lo largo de una novela muy atenta a los debates literarios, por entonces fascinados con la teoría del espacio-tiempo de Einstein. No en vano, la montaña donde se interna el joven Hans Castorp, es decir, el Sanatorio Internacional Berghof, adquiere su cualidad “fantástica” al elevarse como una dimensión divergente, un universo con leyes propias donde el tiempo transcurre a un ritmo diferente que “allá abajo”. En el Berghof, el tedio y los largos tratamientos incitan a una indagación en el significado del tiempo que también provoca revelaciones como la que sacude a Castorp tras su rutinaria aplicación del termómetro por periodos de siete minutos:

—En realidad se trata de un movimiento, un movimiento en el espacio, ¿no es cierto? ¡Espera! Medimos el tiempo por medio del espacio. Pero eso es como si quisiéramos medir el espacio en función del tiempo, lo cual no se le ocurre más que a gente desprovista de rigor científico. De Hamburgo a Davos hay veinte horas de ferrocarril… Sí, claro, en tren. Pero a pie, ¿cuánto hay? ¿Y en la mente? ¡Ni siquiera un segundo! —[…] El espacio lo percibimos con nuestros sentidos, por medio de la vista y el tacto. ¡Bien! ¿Pero a través de qué órgano percibimos el tiempo? ¿Me lo puedes decir? ¿Lo ves? ¡Ahí te he pillado! Entonces, ¿cómo vamos a medir una cosa de la que, en el fondo, no podemos definir nada, ni una sola de sus propiedades?

Sigue leyendo en Revista de la Universidad de México (Núm. 834, marzo 2018)

El sismo de las palabras

La sacudida dura un minuto, pero se prolonga durante semanas de vértigos, reflexión y charlas. Al sismo tectónico le sigue el de las palabras, que precisa una búsqueda de interlocutores y se cuenta en repetitivas conversaciones y por medio de las redes sociales, de carteles improvisados, noticias en televisores y radios, artículos, mensajes en las paredes, gestos que van desde lo más heroico a lo más banal. El terremoto físico provoca el derrumbe de ciertas seguridades y la necesidad de reconstruir, junto al lugar físico, el lugar simbólico que ocupamos.

De ahí que el sismo contenga un extraordinario poder de revelación, de descubrimiento de lógicas soterradas que salen a la luz cuando se agrieta el concreto. Pensar el terremoto del 19 de septiembre consistió en responder a la sacudida acompañándonos de amigos y desconocidos, sentirse útil y salir a echar una mano, compartir las vivencias, escuchar y poner en común acontecimientos y datos que, lejos de agotarse en los elementos naturales, parten de ahí.

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Cooperar con el enemigo: lecciones de Juego de tronos

(Amador Fernández-Savater y Francisco Carrillo)

A primera vista, ‘Juego de Tronos’ puede verse como una serie profundamente conservadora. En tres sentidos al menos:

En primer lugar, el pueblo nunca aparece. En la dialéctica entre fondo y figura, el pueblo sólo es el fondo sobre el que se recortan las figuras y sus luchas de poder: reyes, jefes, guerreros, magos, consejeros de los príncipes, etc. Es impactante, por contraste,  esa escena de la séptima temporada en la que vemos a un grupo de soldados cantar, comer y conversar entre sí, en lugar de ser degollados o abrasados con fuego valyrio. La cámara se pone a la altura de la gente común y podemos escuchar cómo se vive y se piensa el mundo desde abajo: los soldados echan en falta a sus seres queridos, siempre demasiado lejos, y más o menos vienen a decir: “sus guerras, nuestros muertos”.

Sigue leyendo en Eldiario.es  (6 oct 2017)

Ejercer la ciudad en el México moderno, de Juan Gelpí

Sabemos que hay ciudades inmediatamente literarias, esquinas y calles que te obligan a escribir tu propio relato de exploración o a dejar tu prescindible rastro de selfies y tweets. La medida de lo inmediatamente literario está marcada por el número de narraciones que preceden a la tuya, las toneladas de letras vertidas por anteriores voyeurs que han construido, sobre la ciudad material, otra quizá más importante de imágenes y signos. Así que tu historia tendrá que apoyarse en las que te preceden hasta transformarse en otro ladrillito de esa urbe simbólica tan sólida como la que recorres con las piernas. Por más que te esfuerces, Nueva York, La Habana, Estambul, Barcelona, Londres, Buenos Aires o la Ciudad de México nunca te pertenecerán del todo y quedarás abrumado por el tamaño de sus mirones más ilustres (de Baudelaire a Carpentier, de Pamuk a De Quincey, Laforet, Auster, Padura, Poniatowska, Monsiváis o Villoro), que han explorado con mayor fortuna aquello que Walter Benjamin señaló en Dirección única o el Libro de los pasajes: que la ciudad emerge como un constante entrecruce de gestos y palabras.

Sigue leyendo en Revista de la Universidad de México (núm 163, sept 2017).

Me diste una dirección mal dada

1. LA CIUDAD PRIMERO

Situémonos en las calles de la Ciudad de México de 1921, en esas noches en que Manuel Maples Arce y sus compinches estridentistas pegaban por sus muros el Actual N°1. Hoja de Vanguardia: “Cosmopoliticémonos, ya no es posible tenerse en capítulos convencionales de arte nacional. Las noticias se expenden por telégrafo; sobre los rascacielos tan vituperados por todo el mundo, hay nubes dromedarios…”. Manifiesto de una intuición especialmente aguda: sin ciudad, vendrían a decir los jóvenes poetas, no habrá literatura, ni arte, ni país. Anticipándose casi un siglo al Postmetrópolis de Edward Soja, ya los jóvenes estridentistas postulaban el lema del urbanista del Bronx: “las ciudades primero”. Y es que la ciudad viene antes que la agricultura, la escritura, la filosofía o la literatura, es decir, en ella ha germinado cada desarrollo humano. Que la ciudad es un texto y todo texto una ciudad era lo que proclamaban esos carteles del año 21.

Sigue leyendo en Revista de la Universidad de México (núm 159, mayo 2017).

Del flower power al Apple power

Steve Jobs, ya saben, el fundador de la empresa que lidera la cotización bursátil mundial, nació en San Francisco en 1955 y fue dado en adopción a una pareja de Mountain View, una localidad situada en el corazón de lo que, gracias a gente como él, se conoce como Silicon Valley: el acelerador de partículas del universo virtual, el lugar con mayor concentración de capital riesgo por metro cuadrado. Lo de Jobs siempre fue pensar a lo grande, hasta convertirse en la piedra filosofal de las dos transformaciones que nos metieron de cabeza en el siglo XXI: 1) Hacer de la computación un asunto doméstico, y 2) encauzar el discurso de los movimientos sociales de los años sesenta hacia una industria, neoliberal en sus principios, que ha ideado una nueva concepción del ser humano, lo que en estas páginas llamaremos el “Hombre Nuevo de Apple” o “HNA”.

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